El artículo presenta una serie de propuestas de fomento de la lectura en edades tempranas y aboga por la creación de un Proyecto de Lectura en el que se impliquen todos los adultos que rodean al niño. Se afirma que este proyecto puede ser garantía del éxito de las actividades de animación a la lectura y servirá para dotar a los primeros lectores de las competencias necesarias para disfrutar de todos los placeres que proporciona el libro, más allá de los puramente intelectuales.


Al escribir este artículo he realizado un catártico viaje interior hacia el pasado que me ha hecho recuperar imágenes, revivir encuentros, saborear de nuevo palabras, discursos y silencios, y que ha situado ante mis resabiados oídos pedagógicos los ecos de las voces de montones de niñas y niños que me daban las gracias por haberles regalado la magia de la palabra hablada y haber abierto ante sus ojos la maravilla del universo literario.

Durante las últimas semanas he leído, masticado, rumiado y reasimilado los numerosos «Diario de un maestro invisible» que a lo largo de los años ha ido tejiendo mi pluma para ayudarme a recoger la esencia de mi labor docente. Y los titulé así, «Diario de un maestro invisible», porque siempre he procurado ser para mis chicas y chicos un espíritu cálido, acogedor y vivificante que desde la sombra, desde la modestia y la humildad les ayudara a descubrir en ellos mismos todas las riquezas, todas las capacidades y potencialidades que les permitirían ser mejores personas y lectores y escritores más creativos y libres.

Mirando hacia atrás recordamos que desde nuestra inexperiencia utópica y voluntarista, desde nuestro desparpajo crítico, creativo y autodidacta, y movidos sobre todo por unas vivencias escolares personales absolutamente opresoras y traumatizantes (precisamente en el centro escolar en el que se nos dio la «alternativa» como maestros), tuvimos claro desde el primer día que uno de nuestros objetivos «curriculares» fundamentales sería lograr que los locos bajitos que cayeran en nuestras manos descubrieran la fascinante energía comunicadora de sentimientos, vivencias y sueños de la palabra escrita.

Y es que somos conscientes de que el placer de leer no es natural, pero sí la necesidad de soñar e imaginar. Y si, por tanto, queremos animar a los niños, a los jóvenes o incluso a los adultos a la lectura, deberemos derramar sobre ellos toda la magia, el sentimiento, la fascinación y la pasión que anidan en las palabras escritas para conmover, enseñar y descubrir el mundo y para entender al hombre. Animar a leer es educar el paladar lector, abrirlo, afinarlo…; es iluminar, ilusionar.

Durante todos estos años hemos encontrado una vastísima tipología de caracteres lectores/no lectores; en nuestras aulas nos hemos cruzado con un ilimitado abanico de respuestas a nuestra invitación a degustar los manjares de la lectura… Y al tiempo que hemos vibrado con David y Clara, con María y Tomás, auténticos devoradores de libros, ha sido para nosotros un fabuloso reto respetar la negativa libre y sincera de Adán y Sara, de Juan Carlos y Arantxa, que acabaron por zanjar la cuestión diciéndonos que estaban saturados de animación a la lectura y que lo suyo era otra cosa.

No olvidemos esta última realidad –el derecho de todo individuo a no leer y a ser igualmente feliz y rico intelectual y personalmente– porque a lo largo de este viaje temporal habremos de tener presente este mensaje: huyamos de fundamentalismos, de fanatismos lectores que nos hacen ser excesivamente reduccionistas al considerarnos seres elegidos, superiores y especiales por el hecho de disfrutar con la lectura.

Ahí van unas cuantas ideas surgidas a partir de nuestra práctica y del análisis autocrítico de nuestra didáctica.

  1. Sólo podremos contagiar aquello que sentimos, que amamos, que nos hace vibrar. Sólo nuestra pasión discreta, serena, respetuosa y sincera podrá crear adictos a la causa lectora.
  2. Barnicemos la didáctica de la lectura con el barniz del sentimiento, de la emoción sostenida hasta que se cierra el libro, del deseo de compartir con los niños aquello que amamos…
  3. A las niñas y niños les impacta la pasión con la que su profe les cuenta diaria y modestamente (con sus limitaciones y dudas) una hermosa historia; les embriaga la creatividad que derrama sobre ellos su maestro tanto al hacer un juego de lectura como al enseñarles una estrategia de comprensión lectora, tanto al hacer una sesión de Pinocho con títeres como al modelarles la manera «políticamente correcta» de entonar o de realizar una lectura veloz. Es decir, lo que les motiva es la didáctica del sentimiento, esa para-pedagogía que enarbola la bandera de la empatía y reivindica la importancia de las emociones y los sentimientos para el desarrollo equilibrado y libre de los adultos del futuro.
  4. Mientras el maestro no tiemble de emoción con sus propias lecturas y sienta la necesidad de contagiar el bacilo «lecturófilo» a sus alumnos, no podremos dejar de hablar de la «necesidad» de hacer lectores.
  5. La escuela debe establecer como objetivo número uno de la formación lectora de los niños el que lleguen a ser lectores autónomos y libres. Y ello significa que al salir de las aulas el muchacho decida sumergirse en el universo de los objetos de lectura en busca de la satisfacción de sus propios objetivos.
  6. Lo prioritario es que el sujeto se sienta –porque lo es– verdadero protagonista del acto lector, para lo cual habrá de manejar las riendas de su aprendizaje y su práctica de lectura. No puede seguir siendo un agente pasivo que se mueve según tiren de él los hilos que maneja el adulto.
  7. Para que el niño sea un lector autónomo además de emociones tenemos que dotarle de andamios, de formación técnica, de recursos intelectuales, de estrategias de comprensión, de habilidades de manejo de la información. Así será un lector que tenga claro en todo momento cuáles son los objetivos con los que afronta su lectura. Un lector que sea capaz de acceder a la información, seleccionarla, desechar lo superfluo, relacionar lo nuevo con su bagaje intelectual y afectivo y que, finalmente, elabore su propio mensaje y enriquezca su universo interior. Un lector que sepa navegar por la infinita avalancha de estímulos alfabéticos, dispuesto unas veces a sacrificarse «padeciendo» una experiencia lectora negativa y formalista y, a la vez, anhelante de experimentar el orgásmico descubrimiento de la palabra delicada, amorosa y emotiva de la literatura.
  8. Animemos a leer intentando hacer sentir el libro y la lectura como algo necesariodesde distintas perspectivas: utilitarista, ideológica, formativa, académica, personal…
  9. El maestro debe abrir su didáctica hacia una gama más variada de lecturas: no sólo se trata de que el niño se sienta atraído por la literatura, sino también de que descubra el infinito universo de posibilidades prácticas, formativas e informativas que abren ante él los textos presentados en los diferentes soportes.
  10. El niño ha de descubrir el placer de la lectura en los propios textos, no en la juerga festivalera que organizamos para «animarle» a leer.
  11. Motivar hacia la lectura es ayudar a descubrir al niño sus lecturas, sus libros, suslugares y materiales de lectura… ¿Qué motiva a los niños y niñas hacia los libros? Más que las estrategias puntuales y las actividades jacarandosas, lo que les engancha es el clima, el ambiente favorecedor de las experiencias diarias y libres de lectura gozosa y sin-pedir-nada-a-cambio.
  12. Entre las causas de lo que nosotros llamamos «desanimación lectora», están todas aquellas actitudes o estrategias que sepultan el incipiente nacimiento del hábito lector: la didáctica de la lectura; los métodos de iniciación en la técnica lectora; el empeño en enfrentar libro / imagen / pc / videojuego; confundir lectura libre con «clase» de lectura; obligar a leer (sin compensación de lectura libre); y la escolarización del libro y de la literatura.
  13. La animación no cuaja, porque no hay continuidad ni coherencia. Los chavales siguen teniendo diariamente una experiencia lectora rutinaria, opresora, formalista… No se da oportunidad ni tiempo para la lectura libre, espontánea, informal y gratuita. No ayudamos a los chavales a descubrir la ternura, el humor, la delicadeza, la rebeldía, la candidez, el misterio… que esconde la Literatura Infantil. En una palabra: seguimos demostrando a nuestros chicos y chicas que leer es un tostón, una obligación, una actividad oficial y lectiva más…
  14. Es imprescindible dotar al lector de las herramientas intelectuales que le permitan acceder al significado textual para lograr luego «atreverse» a interpretar el sentido en busca del placer, ya que el placer de leer es, sobre todo, un deleite estético, sensual y emotivo que ha de ir precedido de una satisfacción intelectual.
  15. Es prioritario que convirtamos al niño en un lector competente: que diferencia si el texto narra hechos reales o ficticios y, por tanto, se sitúa ante él con una determinada actitud intelectual y psicológica; activa sus conocimientos previos sobre época, género, personajes, autor, circunstancias…; formula continuamente hipótesis sobre el desarrollo de la acción y la evolución de los personajes y las verifica reforzándolas o sustituyéndolas por otras; diferencia los elementos nucleares de los accesorios; distingue los contenidos que ha de interpretarse literalmente de los que requieren un análisis metafórico o personal.
  16. Dotemos a los niños y jóvenes de hábitos de lectura basados en competencias lectorassólidas, en la alfabetización en Tecnologías Avanzadas y nuevos lenguajes; en la capacidad de acceso a una variada tipología textual; en actitudes críticas, reflexivas y creativas, y en el manejo fluido y seguro de estrategias de acceso a la información y en su posterior reelaboración.
  17. Las funciones y actitudes del mediador consistirán en acompañar, capacitar, modelar, dar de leer y dejarse empapar por el niño, compartir, mostrar interés por conocer los gustos de cada lector y dedicar tiempo a la lectura libre.
  18. ¿Obligar a leer desde la escuela o lectura voluntaria? La experiencia lectora tiene dos vertientes: la lectura-ladrillo, impuesta y meramente utilitarista; y la lectura-luminosa, libre y regocijante. Los maestros y padres tenemos que presentárselas a nuestros jóvenes lectores como dos caras de la misma moneda. ¿Lecturas obligatorias? ¿Lectura de clásicos? Por supuesto que sí. Los niños y los jóvenes aceptarán nuestras «imposiciones» si al mismo tiempo les demostramos que estamos deseosos de compartir sus pensamientos, sus experiencias lectoras y sus creaciones literarias.
  19. Hay dos estrategias que nunca deben faltar en nuestra didáctica: diariamente leeremos o contaremos un cuento; y dejaremos un hueco para la lectura libre, espontánea y recreativa. Ambas «actividades» serán absolutamente sagradas tanto para los niños como para nosotros. Y compartiremos con ellos nuestras impresiones sobre lo que leemos, si nos parece atractivo, si nos conmueve, si nos produce enfado porque habla de actitudes intolerantes o comportamientos fascistas… Y al mismo tiempo les invitaremos a contarnos lo que leen y a «dar de leer» a sus compañeros, intercambiando sensaciones e impresiones.
  20. Lectura y escritura son un matrimonio indisoluble; es necesario y conveniente dar a los niños la oportunidad de crear sus propios textos. Si les dejamos hacerlo de un modo dirigido pero respetuoso, sentirán que son valorados por sus compañeros y sus maestros y dejarán brotar sus propias motivaciones íntimas para crear y, en consecuencia, para leer. Lectura y escritura son dos senderos paralelos que se trazan en la misma dirección y que muchas veces se superponen, pero que mantienen sus peculiaridades.
  21. Si queremos crear hábitos lectores construyamos proyectos globales, diseñemos un minucioso y riguroso Proyecto de Lectura y Escritura en el que estén contemplados los distintos tipos de lectura y que esté planificado con continuidad, buscando la coherencia desde los primeros niveles de la escolaridad hasta el último. Un Programa que esté perfectamente integrado en el Proyecto Curricular y que sea diseñado –y puesto en práctica– por todo el equipo docente con un protagonismo considerable de los alumnos.
  22. Trabajemos alrededor de la biblioteca escolar (entendida como un auténtico centro de recursos sobre el que ha de girar todo el desarrollo curricular, funcionando al mismo tiempo como biblioteca tradicional, como hemeroteca y como mediateca con materiales audiovisuales en nuevos soportes) y las bibliotecas de aula.
  23. Aprovechemos con humildad el magnífico trabajo que se realiza en las bibliotecas públicas, dejemos que sus bibliotecarios nos den de beber el elixir de su experiencia y tutoricen el incipiente nacimiento de las bibliotecas escolares.
  24. Diseñemos un minucioso programa de educación documental en el que no sólo se contemple la formación de usuarios (tendente a hacer lectores autónomos), sino también el acceso, selección, contraste, reelaboración y producción propia de todo tipo de información.
  25. Impliquemos con respeto a la familia en la creación del hábito lector, ya que es en la primera infancia donde nace el hábito lector con más naturalidad y perspectivas de futuro. Pero recordemos a los padres cuál es su papel: dar ejemplo a sus hijos, leerles y dejarles que les lean; crear un clima favorecedor de la lectura –tanto desde el punto de vista verbal como en relación con las costumbres y actitudes– que haga sentir a los pequeños lectores que sus padres sienten el deseo y la necesidad de enriquecerse intelectual y emocionalmente con los libros. La familia pondrá al alcance del niño los recursos materiales y logísticos necesarios para que pueda desarrollar una adecuada travesía por el mundo de los libros. Y aderezará todo el proceso con un barniz de sentimientos, de pasión generosa, de deseo de regalar al otro la magia de la palabra.

Conclusiones
Comenzábamos hablando de nuestra amplia experiencia –en el tiempo y por la intensidad de las vivencias– en el ámbito de la formación lectora. Como la mayoría de los maestros y bibliotecarios, hemos puesto en marcha mil y una actividades de animación, pero su resultado ha sido insatisfactorio.

Lo que verdaderamente nos ha dado resultado ha sido nuestro afán diario y apasionado por transmitir a nuestras chicas y chicos que queremos hacerles un precioso regalo: la llave para gozar de la lectura. Pero sin olvidar que son ellos quienes habrán de decidir cuándo, cómo y dónde harán uso de ese presente.

Evitemos las simplificaciones y la caza de brujas: nadie es culpable de que los niños y jóvenes lean poco, pero todos somos responsables. Y cuando digo «todos» me refiero a padres, maestros, bibliotecarios, autoridades educativas y sociedad en general. Despertar el gusto por la lectura es una tarea de todos y nadie puede renunciar a su parte de responsabilidad. Si la verdadera literatura es la que brota en el alma, anida en el corazón y se eleva hacia el cielo como un suspiro de amor, la auténtica animación a la lectura es la que se teje con los mimbres de la ternura y la pasión compartida, por un lado, pero también con la honestidad, el rigor, la profesionalidad del maestro que tiene claro su objetivo en la formación lectora: sembrar en sus alumnos el germen del hábito lector.

Recordemos una vez más que, para ser lector, sobre todo hay que saber mirar, primero hacia el interior en busca de nuestro yo auténtico, desprovisto de plumas, de presiones sociales y de condicionantes educativos. Y cuando ya tengamos claro lo que realmente amamos, podemos empezar a contemplar pausadamente el racimo infinito de sensaciones, emociones y experiencias que nos ofrece el mundo para así poder seleccionar los frutos selectos que satisfagan nuestro apetito literario.

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